21 de enero de 2013

 
¿Qué pasa con nuestra democracia? ¿Qué es lo que nos ocurre?
 
 
 

Está tan postrada la democracia, que los españoles ya no pueden sentirse orgullosos. Hace apenas 37 años, tras la muerte del dictador Franco, la situación era diametralmente opuesta: la democracia era saludada por los ciudadanos en masa con un entusiasmo que conmovió al mundo, estábamos orgullosos de lo que se había conseguido.

Pero ahora la realidad es otra, la democracia española, víctima de un tridente letal, mal diseño, malos políticos y malos gobiernos, ha envejecido deprisa y mal, hasta el punto de que hoy, dividida, corrupta, desprestigiada y envilecida, ya no es apreciada ni valorada por los españoles.

Ocurre algo similar con los políticos. Hace apenas dos décadas eran los héroes de la sociedad, la vanguardia y el modelo en el que todos se miraban. Las madres de entonces soñaban con que sus hijos se parecieran a Adolfo Suárez o a Felipe González, pero hoy muchos españoles no se atreverían a llevar a su casa a un político y menos a presentarlo a su familia. Han destrozado su imagen en un tiempo record y de ser héroes de la libertad y ejemplos a imitar han pasado a ser considerados corruptos, ineptos y personas poco dignas de confianza.

La democracia española está en crisis. En las universidades y centros de estudios se dice desde hace años que el régimen político de España no es una democracia sino una partitocracia hipertrofiada o una oligocracia de partidos, pero lo grave es que ahora eso mismo empieza a decirlo el pueblo, aunque con otras palabras, camarilla de ladrones, pandilla de chorizos etc…

A los españoles se nos ha caído el velo y ya no sienten orgullo de su sistema, ni de sus dirigentes y consideran la política poco menos que como una carrera propia de desalmados y de gente sin escrúpulos. Hay pocos españoles que no afirmen que el urbanismo está corrompido hasta el tuétano o que sea capaz de negar que miles de políticos se hayan hecho ricos con la especulación, la corrupción y el abuso del poder. En muchas familias españolas que se consideran honradas y celosas de los viejos valores y principios, está prohibido hablar de política y, en cualquier caso, se considera de mal gusto, hoy día es fácil escuchar en cualquier lugar, ¿no me hables ni de política ni de políticos?.

Los partidos políticos son contemplados como monstruos temibles, que inspiran miedo por su poder, a los que nadie tiene la osadía de enfrentarse. Los partidos tienen la imagen de aparatos de poder, manipuladores, implacables con sus enemigos y cómplices de sus amigos, minado de gente disciplinada pero con poca moral, dispuesta a todo, incluso a la traición y a renunciar a principios y valores, con tal de subir y medrar.

Los políticos, corporativamente, han perdido esa dimensión ejemplarizante que los clásicos siempre consideraron como parte sustancial del liderazgo. Los políticos ya no son un ejemplo para nadie. Lo malo es que su ejemplo está cundiendo y su degradación está contaminando a la sociedad, a gran velocidad. La gente insulta a sus vecinos porque ve cada día a los políticos insultarse entre ellos; la gente ansía el dinero ajeno porque cree que también lo hacen los políticos; la gente humilde cree que el esfuerzo y la preparación no sirven para nada y que lo importante es ser amigo del alcalde, del concejal o del diputado. Desde la cúspide del poder no se ofrecen ejemplos edificantes a la ciudadanía. La sociedad se ha envilecido con sus líderes y el envilecimiento ha emanado, lamentablemente, de lo público.

La democracia española, ciertamente, no aguanta ni medio análisis científico: los grandes poderes del Estado, incluyendo el poder judicial, están contaminados e invadidos por los todopoderosos partidos políticos, partidos que han doblegado al funcionariado y ocupado también el Estado y la sociedad, incluso aquellos espacios de la sociedad civil que les estaban vedados en democracia.

Casi todas las instituciones propias de la sociedad civil están ocupadas o compradas por el poder político: las universidades, los sindicatos, la patronal, las cajas de ahorros, la mayoría de las sectas y religiones, la enseñanza, muchos colegios profesionales y un inacabable número de instituciones y empresas que deberían ser independientes pero que han sido compradas por el poder público con subvenciones, favores, tráfico de influencias, ventajas, concursos amañados y mil trucos más.

Como consecuencia de todo esto, la sociedad civil española está casi en estado de coma y los ciudadanos más informados y conscientes, desconcertados, desesperados por la ruina democrática o al borde de un ataque de pánico. Los ciudadanos han sido expulsados de la política por unos partidos que quieren ejercerla en régimen de monopolio. Las listas cerradas y bloqueadas arrebatan al ciudadano hasta su derechos constitucional a elegir a sus representantes políticos, ya que, en realidad, son los dirigentes políticos, los que eligen al confeccionar esas listas, ante las que el ciudadano ni siquiera puede seleccionar nombres.

La lista de irregularidades y fallos de la democracia española es casi interminable y alcanza hasta aquellos espacios y funciones que se consideran como el santuario del sistema. Un ejemplo contundente: cualquier diputado español elegido como miembro de las Cortes para que represente al pueblo tiene, de hecho, menos libertad que cualquier ciudadano común. No puede hablar sin que su jefe de filas le dé permiso, ni puede presentar iniciativas por su cuenta. Si un día se atreve a votar en contra de su partido, porque se lo dicte su conciencia, su carrera política habría terminado “ipso facto". En decenas de casos, los diputados electos son poco más que máquinas de votar bien remuneradas que no hacen uso de la palabra en toda la legislatura y que ni siquiera conocen a los ciudadanos a los que dicen representar.

La depravación del sistema ha alcanzado ya lo bizarro, pero lo trágico es que al final, aunque nos estén llamando imbéciles, saltamos cuando nos lo mandan los políticos (las elecciones). Ya sabemos que todos los poderes están aliados y que la única consigna es "el espectáculo debe continuar"; el problema es que hemos sido programados para ser dóciles y adictos (ejemplo la audiencia de tele 5, el futbol, los reality show etc.). ¿Cómo se cura eso? Yo propongo QUITEMOLES LAS CARETAS.
Hay más ejemplos del mismo calado, cientos de fisuras antidemocráticas en el sistema, decenas de violaciones constantes a la Constitución vigente y miles de denuncias que hacer, pero eso será en otro momento.

QUITEMOLES LAS CARETAS.
J.Clemente